martes, agosto 29, 2006
De Cali a São Paulo - 18 jun 2006
El avión 757-200 de Varig, aterrizó en El Dorado a las 20:40 procedente de México y con destino final Río de Janeiro haciendo escala en Sao Paulo, para donde yo venía. Era el vuelo 8699 de ese domingo 18 de junio. Hacía frío en Bogotá y partimos con algún pequeño retrazo en razón a nuestro muy colombiano desorden e ineficacia.
Cuando me había sentado en la silla C de la fila 16, lo vi. Entró cabizbajo, nadie lo saludó. Tenía traje negro sin corbata y camisa azul clara a rayas. Con torpeza acomodó su maleta de abordo en el portamaletas y en sus piernas, el portafolios de lona que portaba. Discutió con un pasajero que supuestamente había ocupado su silla, no le dio la razón, entonces se sentó en la silla J, estaba reclamando la K. Una azafata que vino a atender su llamado, dirimió el asunto y le entregó a Horacio Serpa la silla K como decía su pasabordo. Me sentía incómodo ante tan peligroso personaje, entonces aprovechando que mi silla tenía un problema en el mecanismo de inclinación, solicité cambio y fui asignado a la fila 8, unos metros distante del peligro. Y no es una ironía acusarlo de peligroso, ya que un personaje como ese, que le ha causado tanto daño al país, que tiene poco más de 40 millones de colombianos, pues me imagino que puede hacerle cualquier cosa a uno, más aún a 13 mil metros de altura y sin tener hacia donde correr. Me mal-acomodé en la nueva ubicación y dormí igualmente mal durante largos períodos de esas 6 horas largas y nostálgicas ya que emprendía un periplo con retorno y objetivos inciertos. Durante el trayecto, fui dos veces al baño, por lo cual debí pasar por la zona de peligro de la fila 16, lo que hice con extremo cuidado y tomando fuertemente los pocos dólares que constituían mi capital itinerante. Afortunadamente y quizá en razón a mi experiencia de viajero y al hecho de estar alerta, no fui atracado. Casi no leí, la nostalgia, el frio, el peligro inminente y el olvido, al dejar el libro del momento - El Elogio de la lentitud - en la maleta que fuera despachada como equipaje, me impidieron ocupar el poco tiempo libre en tan enriquecedora y relajante actividad. El viaje fue preciso, 6 horas; siendo las 5 am aterrizamos en el aeropuerto Guarulhos de la ciudad de São Paulo. Horacio no se bajó aquí, al parecer huye hacia Río de Janeiro o hacia algún paraje cercano en donde rumiará su estruendosa derrota y pedirá perdón por haber enterrado al partido libelar colombiano, del que, dicho sea de paso, no se llorará su muerte prematura. Solo queda la satisfacción de ver a personajes de tal laya viviendo las mismas peripecias que un paisano común y corriente, como es él, sólo que la vida le dió un cuarto de hora que desaprovechó ante los ojos de todo el mundo.
Hacía menos frío del esperado. Quien habría de recogerme, se retardó, por lo que hube de estar poco más de 1 hora deambulando por tan concurrida edificación, pagué el equivalente a 5 mil pesos por un café horrible y una microdonna que apenas calmaron mi ansiedad. Hablé con una linda chica colombiana que venía a visitar a su novio médico quien estudia una especialización y quien igualmente llegó tarde. No supe su nombre, no me pareció decente hacer ese tipo de preguntas a una chica que está a solo unos minutos de fornicar en un sexo alocado y aventurero: buen polvo para ellos.
Y así, a las 9 am estaba instalado en un apartamento muy pequeño en el 9º piso de un edificio sobre la Alameda Campinhas en el sector Jardín Paulista, a sólo dos cuadras de la famosísima Avenida Paulista sobre la estación Trianon de la línea de metro. Paso los días trabajando relajadamente, las noches pensando y durmiendo y esperando una nueva oportunidad para hacer algo productivo en bien de mi propia alma y que sirva de solaz para mis amigos.
Boa tarde
Cuando me había sentado en la silla C de la fila 16, lo vi. Entró cabizbajo, nadie lo saludó. Tenía traje negro sin corbata y camisa azul clara a rayas. Con torpeza acomodó su maleta de abordo en el portamaletas y en sus piernas, el portafolios de lona que portaba. Discutió con un pasajero que supuestamente había ocupado su silla, no le dio la razón, entonces se sentó en la silla J, estaba reclamando la K. Una azafata que vino a atender su llamado, dirimió el asunto y le entregó a Horacio Serpa la silla K como decía su pasabordo. Me sentía incómodo ante tan peligroso personaje, entonces aprovechando que mi silla tenía un problema en el mecanismo de inclinación, solicité cambio y fui asignado a la fila 8, unos metros distante del peligro. Y no es una ironía acusarlo de peligroso, ya que un personaje como ese, que le ha causado tanto daño al país, que tiene poco más de 40 millones de colombianos, pues me imagino que puede hacerle cualquier cosa a uno, más aún a 13 mil metros de altura y sin tener hacia donde correr. Me mal-acomodé en la nueva ubicación y dormí igualmente mal durante largos períodos de esas 6 horas largas y nostálgicas ya que emprendía un periplo con retorno y objetivos inciertos. Durante el trayecto, fui dos veces al baño, por lo cual debí pasar por la zona de peligro de la fila 16, lo que hice con extremo cuidado y tomando fuertemente los pocos dólares que constituían mi capital itinerante. Afortunadamente y quizá en razón a mi experiencia de viajero y al hecho de estar alerta, no fui atracado. Casi no leí, la nostalgia, el frio, el peligro inminente y el olvido, al dejar el libro del momento - El Elogio de la lentitud - en la maleta que fuera despachada como equipaje, me impidieron ocupar el poco tiempo libre en tan enriquecedora y relajante actividad. El viaje fue preciso, 6 horas; siendo las 5 am aterrizamos en el aeropuerto Guarulhos de la ciudad de São Paulo. Horacio no se bajó aquí, al parecer huye hacia Río de Janeiro o hacia algún paraje cercano en donde rumiará su estruendosa derrota y pedirá perdón por haber enterrado al partido libelar colombiano, del que, dicho sea de paso, no se llorará su muerte prematura. Solo queda la satisfacción de ver a personajes de tal laya viviendo las mismas peripecias que un paisano común y corriente, como es él, sólo que la vida le dió un cuarto de hora que desaprovechó ante los ojos de todo el mundo.
Hacía menos frío del esperado. Quien habría de recogerme, se retardó, por lo que hube de estar poco más de 1 hora deambulando por tan concurrida edificación, pagué el equivalente a 5 mil pesos por un café horrible y una microdonna que apenas calmaron mi ansiedad. Hablé con una linda chica colombiana que venía a visitar a su novio médico quien estudia una especialización y quien igualmente llegó tarde. No supe su nombre, no me pareció decente hacer ese tipo de preguntas a una chica que está a solo unos minutos de fornicar en un sexo alocado y aventurero: buen polvo para ellos.
Y así, a las 9 am estaba instalado en un apartamento muy pequeño en el 9º piso de un edificio sobre la Alameda Campinhas en el sector Jardín Paulista, a sólo dos cuadras de la famosísima Avenida Paulista sobre la estación Trianon de la línea de metro. Paso los días trabajando relajadamente, las noches pensando y durmiendo y esperando una nueva oportunidad para hacer algo productivo en bien de mi propia alma y que sirva de solaz para mis amigos.
Boa tarde